
El regreso a las aulas en Cuba puede definirse como una batalla campal. Nunca el país asumió un periodo docente con tantas carencias y limitaciones de todo tipo.
Enumerar las dificultades sería hacer interminable la lista, pues cada familia aportaría elementos a partir de sus realidades. No obstante, entre las ausencias más notables en el actual calendario docente figuran la falta de energía, alimentos, agua, uniformes, maestros, transporte, e incompleta base material de estudio.
Y es que la profunda crisis económica que atraviesa el país agudizada por las presiones del gobierno de los Estados Unidos, golpea directamente las puertas de cada centro educativo.
Ante este panorama, podría resultar tentador conformarse con “cumplir” – abrir las puertas, tomar lista, impartir algunas materias- y dejar el resto a merced de cada cual.
Sin embargo, esa lógica sería un error de consecuencias lamentables porque si las circunstancias son adversas, la calidad del aprendizaje debe convertirse en prioridad absoluta, no en un ideal postergado. Es la única manera de que tanto esfuerzo de alumnos, padres e instituciones tenga sentido o valga la pena.
Si la familia hace grandes gastos para garantizar desde la mochila y los zapatos hasta la merienda, si el Estado deroga montos considerables de dinero, ir a la escuela no puede ser un formalismo; detrás de cada estudiante, hay sacrificio en pos del aprendizaje, sobre todo en tiempos de apagones inmensos que impiden entre otras cosas, un sueño reparador.
Es cierto que la educación cubana tiene una historia de la cual sentirse orgullosa: altos índices de escolarización, tradición pedagógica sólida y un magisterio reconocido internacionalmente. Pero ese capital acumulado se ha erosionado silenciosamente porque en medio de la emergencia, se ha sacrificado la esencia del acto educativo: el aprendizaje.
Un estudiante que asiste a clases pero no comprende, que memoriza sin razonar, o pasa de grado sin dominar las habilidades básicas, es una pérdida que el país no puede permitirse, mucho menos en tiempos de crisis.
Por ello, el deterioro económico no puede ser excusa para la mediocridad pedagógica. Al contrario, exige creatividad, compromiso y más rigor. Cuando los recursos son escasos, el ingenio del maestro, la motivación del alumno y el acompañamiento de la familia se vuelven los principales insumos del proceso educativo.
Este martes, en Pinar del Río, unos 73 mil estudiantes de la educación general iniciaron o retomaron el camino hacia el conocimiento en 619 centros educacionales con mejores y peores condiciones estructurales.
El sistema educacional en la provincia asumió algunas alternativas para apoyar un proceso docente complejo y retador, entre ellas la unificación de centros escolares, reorganización de las modalidades de estudio y la ubicación de algunos educandos que viven en comunidades alejadas de las escuelas, en organismos de sus localidades para asegurar que la falta de trasporte no sea mella en el aprendizaje, todo ello en función del enorme desafío de asegurar la educación.
Recordemos que los niños y jóvenes de hoy serán quienes conduzcan el país mañana. La recuperación económica de Cuba -cuando llegue- requerirá de profesionales competentes, técnicos calificados, científicos capaces y ciudadanos con pensamiento crítico.
Sacrificar la calidad educativa ahora, es hipotecar la capacidad del país para emerger de la crisis en el futuro. La educación, como dice un colega, no es un gasto que se pueda recortar sin consecuencias: es la inversión más estratégica que una nación puede hacer en su propio destino.
Y en ese sentido no se trata de ignorar las dificultades ni de exigir heroicidades imposibles. Se trata de formar a las generaciones que necesitará el país para levantarse.


