Pérdida de roles: cuando la salud se derrumba aunque los órganos funcionen (+Audio)

“Una persona mayor puede tener todos sus órganos funcionales, pero si no siente que cumple sus roles dentro de la familia, puede derrumbarse su salud de una forma increíble”, advirtió en el programa Rumbos el doctor Pablo Roberto Requeijo Gutiérrez, especialista en geriatría y gerontología.

Según explicó, la valoración del paciente geriátrico debe ser integral y dividirse en cuatro esferas fundamentales: clínica, funcional, mental y social.

Precisamente esta última, dijo, es la que con mayor frecuencia se deteriora y la que, aunque el anciano aparente estar sano, puede causar problemas notorios en su salud.

Foto: tomada de Internet

Más allá de la presión arterial

Cuando los geriatras evalúan a una persona mayor no se limitan a medir su presión arterial, la glucosa o la memoria; sino que realizan además una valoración profunda de su función social en la familia y la comunidad.

Para ello indagan si vive solo o acompañado, si cuenta con redes de apoyo, qué roles ocupa dentro del núcleo familiar y si se siente útil, escuchado y partícipe en las decisiones del hogar.

La evaluación social se basa en la estructura familiar, el apoyo social disponible —si el abuelo se siente acompañado y tiene a quién recurrir en caso de emergencia— y la participación social, que abarca los roles, la toma de decisiones y la asignación de tareas que den sentido a su vida. También se valoran los conflictos familiares y las posibles negligencias.

Cuando el rol se pierde, la salud se resquebraja

El doctor Requeijo Gutiérrez citó un ejemplo elocuente: una señora de 82 años, diabética con buen control y sin demencia, llega a consulta porque se nota decaída, ha perdido peso y sufre caídas frecuentes. Clínicamente no aparenta enfermedad alguna; todos los análisis son normales.

Sin embargo, al profundizar en la evaluación social, la familia confiesa que ya no la dejan cocinar, le prohibieron salir a la iglesia por miedo a que se accidentara en el camino y dejaron de pedirle consejo porque “ya no entiende las cosas modernas”.

El resultado no fue otro que una señora que había perdido su rol de cocinera y de líder, y con ello, las ganas de vivir.

“Las capacidades van cambiando con los años y perdemos muchas habilidades físicas y en ocasiones algún grado de destreza intelectual —explicó el galeno—, pero no debemos retirar los roles a los adultos mayores, debemos cambiarlos, modificarlos”.

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La receta para una familia perfecta no existe, “lo que sí existen son familias a conciencia, que tienen conciencia de las capacidades de sus adultos mayores y adaptan la dinámica familiar a su bienestar”, añadió.

Cambio de roles

Uno de los procesos más difíciles en la vejez es precisamente el cambio de roles, una transformación profunda de la identidad de la persona. Pensemos en un hombre que toda la vida fue trabajador, fuerte, el sostén económico de la familia.

Al llegar la jubilación, esa entrada económica desaparece y el rol pasa a otro miembro, generalmente los hijos. Si no encuentra nuevos roles, puede caer en una crisis. Algo similar ocurre con la mujer que dedicó su vida a cuidar a sus hijos y, cuando estos crecen y se van, el rol materno desaparece.

“Desde la geriatría esto lo llamamos pérdida de roles —señaló el especialista- y es determinante para que un adulto mayor caiga en un trastorno depresivo mayor. La pérdida de roles no es mala en sí misma; lo malo es no encontrar un rol que reemplace al perdido”.

Por eso, el envejecimiento debe verse como una etapa de reasignación de roles, donde hay que dar a los mayores nuevas tareas, metas y expectativas.

Si un adulto mayor ya no puede realizar actividades manuales por una artrosis, se le pueden asignar tareas intelectuales: transmitir sus oficios, asignar tareas en la casa, ofrecer la perspectiva histórica de la familia.

“Todos sabemos que los abuelos son muy buenos narrando historias —afirmó el especialista—, y eso les ayuda a sentirse bien y útiles. El problema no es cuando se pierden los roles, es cuando no se encuentran nuevos roles y se quedan los vacíos”.

El cuidador y la inversión de roles

Uno de los cambios más delicados ocurre cuando un hijo adulto asume el rol de cuidador principal de su padre o madre. “Es lo que llamamos inversión de roles —explicó el doctor—, y es una de las transiciones más complejas desde el punto de vista emocional. De repente, quien recibía protección ahora debe cuidar; quien recibía consejos ahora debe tomar las decisiones; quien veía a sus padres como fuertes, ahora los ve frágiles”.

Esta situación, si no se maneja adecuadamente, puede causar estrés y culpa. Puso como ejemplo el caso de un hijo único de 55 años, ejecutivo de una empresa, que debe abandonar su puesto para ser cuidador a tiempo completo de su padre con Alzheimer. “Él no eligió ese rol, lo heredó”, dijo. El resultado fue que el cuidador desarrolló hipertensión, insomnio y crisis de ansiedad, mientras que su padre recibía cada vez peor atención.

La solución pasa por identificar si existe una red de apoyo que permita al cuidador tener respiros, incorporar a otros miembros de la familia en las tareas y gestionar cuidadores externos en algunas horas del día. “El cuidador no debe perder su rol de hijo —insistió el especialista—, se debe mantener ese vínculo de afecto, no solo la obligación moral”.

El rol de los abuelos

Foto: tomada de Granma

Para el Dr. Requeijo, el rol de los abuelos es el más simbólico. “Son teoría, memoria y raíz, pero en la práctica muchas veces se convierten en adornos familiares”, lamentó. Y es que en muchas ocasiones se les aísla, no se les pide opinión y se les niegan incluso sus gustos, como los programas de televisión que prefieren.

Desde la geriatría, se formulan preguntas incómodas pero necesarias: ¿el abuelo participa en las conversaciones familiares? ¿Se le pide su opinión en temas de interés o se le aísla? ¿Tiene tareas que le den sentido, aunque sean mínimas? ¿Transmite historias, tradiciones y conocimientos, o nadie le pregunta?

“Una tarea mínima en el hogar tiene un valor increíble para los adultos mayores —aseguró el galeno—. Si las respuestas a estas preguntas son negativas, nos vemos ante un rol vacío, y un rol vacío es un factor de riesgo de mortalidad prematura”.

Pero también hay buenas noticias: los roles se pueden restaurar. Se han visto familias que, después de una intervención social, deciden: “Tú vas a ser el encargado de contarnos cómo se hacían las cosas antes, el encargado de hacerle cuentos a los nietos”. O una abuela que ya no puede cocinar puede enseñar las recetas y dar consejos de sazón. “El impacto es inmediato: mejora el estado de ánimo de los abuelos, su adherencia al tratamiento, su funcionalidad y evita trastornos depresivos”.

Reparación de roles: una nueva oportunidad

Cuando los roles han sido dañados, la geriatría ofrece un enfoque práctico y humano. No se trata de culpar a nadie, sino de renegociar, porque la familia es un sistema vivo que puede reconfigurarse. “Cuando un rol se rompe, no estamos ante un punto final, sino ante una oportunidad de reconfiguración”, afirmó el especialista.

El proceso comienza con un diagnóstico completo: sentarse con el adulto mayor y su familia para mapear el terreno: qué hace cada quién, quién se siente sobrecargado, quién excluido y qué rol le gustaría desempeñar a cada uno. “El elemento principal en esta evaluación es el adulto mayor —insistió—. Es el primero que debe ser escuchado, es quien dicta cuáles son los verdaderos problemas”.

Le sigue la reubicación de roles: si la abuela no puede cocinar, que dé la receta; si no puede realizar actividades, que supervise, que motive a los demás a trabajar. Si el abuelo puede ir a comprar el pan, ¿por qué no dejar que vaya solo? “Una actividad tan pequeña para muchos es grande para ellos y los hace sentir regocijados”.

El tercer punto es el apoyo al cuidador. No se le puede pedir a un hijo que sea enfermero, psicólogo, administrativo y fisioterapeuta a la vez. Hay que buscar cuidadores formales, contratar personal calificado que ayude y que el familiar pueda tener tiempo para sí mismo y para mantener su rol de hijo, no solo el de cuidador.

Finalmente, los roles no se reparan en una sola conversación. Requieren evaluaciones periódicas, porque son elementos dinámicos. “Hay que dejar una idea muy clara —concluyó el Dr. Requeijo—: el adulto mayor no es un problema a resolver, es un recurso a activar. Todas las posibilidades que están envueltas en estas personas tenemos que explotarlas al máximo para lograr con ellos una mayor calidad de vida y una convivencia familiar satisfactoria”.

En definitiva, la vejez no es un ocaso, sino un nuevo amanecer, siempre que la familia sepa reconocer y resignificar el lugar de sus mayores.

Escuche aquí las declaraciones:

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Redacción Radio Guamá

Lic. en Periodismo. Locutora, guionista y directora de programas de radio. Miembro de la UNEAC y la AHS.

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