
La historia de Pinar del Río sería otra sin la clarinada del primero de enero de 1959. Hasta esta porción del occidente cubano, 16 días después, llegarían los barbudos encabezados por el hombre con grados de dignidad y esperanzas.
Ante la multitud concentrada en la intersección de las calles José Martí y Rafael Ferro, Fidel hablaba al pueblo de sueños que se hicieron realidad en una región encasillada en el olvido y el abandono.

La entrega de tierras a quienes la trabajaban constituyó el antecedente de la firma de la primera Ley de Reforma Agraria que extinguió el latifundio en Cuba. De manos del líder de la Revolución, aquellos humildes y laboriosos hombres recibían los títulos de propiedad.


Los programas de desarrollo posibilitaron la construcción de comunidades rurales que impulsaron la producción de alimentos; todos seguidos por el hombre de barba y verde olivo que también dio a doce campesinos la misión de terminar con el terror y la muerte impuestos por políticas imperiales en el lomerío vueltabajero.
Hospitales y escuelas cambiaron los escenarios citadinos y rurales y Pinar del Río vio salir de las aulas universitarias a hombres y mujeres que daban salud y enseñanza sin importar credos ni color de la piel.



El deporte y la cultura se nutrieron de gloria por el desempeño de los nacidos en esta tierra con una posición geográfica preferida por huracanes que desataron su furia.
El aliento de Fidel, su apoyo incondicional, llegaban antes, durante y tras el paso de cada evento hidrometeorológico.

Recuperarse y avanzar fue la meta cada día porque la historia de Pinar del Río sería otra sin la clarinada de enero de 1959, sin la presencia de Fidel que sigue siendo luz a cien años de existencia.
Consulte el especial: Cien años con Fidel


