El Beso Volador: vértigo y ternura en las nubes

La historiadora del arte Yemile Crespo comparte una reseña sobre la atracción china que se hizo viral en redes sociales.

En lo alto de la montaña Baima, en Chongqing, dos gigantes de acero se buscan en el aire. Son las figuras de “El Beso Volador”, una atracción inaugurada en 2020 que revive una antigua leyenda china. La historia cuenta que el príncipe Ao Mofeng, hijo del Rey Dragón del Mar, se enamoró del hada Zhang Tianyang. Descubiertos por la madre del príncipe, fueron separados y convertidos en dos montañas: la del Caballo Blanco y la Montaña de las Hadas. 

“El Beso Volador” les ofrece un reencuentro simbólico. Dos esculturas de más de 50 metros de altura se elevan sobre un acantilado de mil metros, girando lentamente hasta encontrarse frente a frente en un gesto que simula el beso que nunca pudieron darse. Los visitantes, suspendidos en un carrusel sin arneses ni asientos, contemplan la escena mientras el paisaje infinito del río Wujiang se abre bajo sus pies. 

El Beso Volador: vértigo y ternura en las nubes.
Imagen tomada de Internet.

No se conoce un autor individual de las esculturas de “El Beso Volador”. La atracción fue diseñada como parte de un proyecto de parque temático, inspirado en una leyenda local, pero las fuentes oficiales no mencionan un escultor específico ni un artista reconocido detrás de las figuras. Se trata más bien de una obra colectiva de ingeniería y diseño mecánico vinculada al desarrollo turístico de la región. 

Más que una atracción turística, esta obra es un poema de acero y viento. Es la unión de mito y modernidad, una evidencia de que las leyendas no mueren, se transforman en experiencias que nos conectan con la memoria cultural y con la emoción de lo imposible. “El Beso Volador” es, al mismo tiempo, vértigo y ternura, espectáculo y símbolo. En ese instante en que las figuras se rozan en el aire, el amor eterno vuelve a encontrar su camino.

Estas figuras inspiradas en la historia legendaria de Ao Mofeng y el hada Zhang Tianyang también poseen mitos a su alrededor:
  1. “El Beso Volador” es solo una atracción turística sin historia detrás. Ya conocemos que se inspira en una antigua leyenda china de dos amantes, separados y convertidos en montañas. La atracción les ofrece un reencuentro simbólico en el aire.
  2. Las figuras son meros adornos metálicos. En realidad el movimiento mecánico recrea el gesto del beso, convirtiendo la leyenda en experiencia visual y emocional.
  3. No tiene relevancia cultural, solo turística. Desde el momento en que se inspira en una leyenda de la cultura de esa nación, “El Beso Volador” se transforma  en símbolo contemporáneo del amor eterno. Es un ejemplo de cómo la tradición puede dialogar con la innovación.
  4. Es un mirador estático. La verdad es que la atracción es dinámica: las figuras giran y se elevan hasta encontrarse frente a frente, mientras los visitantes experimentan el vértigo y la emoción del paisaje abierto.
  5. “El Beso Volador” fue creado únicamente para redes sociales. Aunque se volvió viral en plataformas como TikTok por su espectacularidad, su origen está en la intención de dar vida  y reforzar la identidad cultural de la región de Wulong. 
El Beso Volador: vértigo y ternura en las nubes.
Imagen tomada de Internet.

Lo que inspira de esta obra es su capacidad de transformar una leyenda en experiencia viva. El vértigo del paisaje se mezcla con la ternura del gesto, y el visitante comprende que el amor, incluso cuando parece imposible, siempre encuentra un camino para manifestarse. 

«El Beso Volador» es, en esencia, un punto de encuentro entre tradición y modernidad, entre mito y espectáculo. Y en ese instante suspendido en el aire, comprendemos que las historias que nacen del corazón nunca mueren, se reinventan, se elevan y siguen tocando nuestra memoria colectiva.

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Yemile Crespo Barrios
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