“Ver la finca que estaba completamente en marabú, ahora limpia y con todo lo que diseñamos… aquello fue una ilusión. Realmente, fue una ilusión”.
Así describe Maricé Pérez Cava la satisfacción que le reporta haber conseguido lo que pareciera imposible. En un acto arriesgado, esta mujer pinareña dejó su carrera como instructora penal para seguir un sueño familiar. Hoy puede contar gustosa que aquello que fuera una ilusión, tiene nombre y realidad propias: la finca “Ilusión Guajira”, ubicada en el kilómetro 10 de la carretera a Viñales.

Todo comenzó hace una década, con una decisión radical. Ella y su esposo dejaron atrás una casa confortable e invirtieron todo su patrimonio en un terreno familiar que yacía infestado de marabú. “Fue un reto cambiar esa realidad”, admite.
Entonces parecía una locura abandonar la seguridad de un empleo estatal, especialmente siendo padres de dos niños pequeños; pero, decidieron apostar por lo que realmente les apasionaba.
Hoy, Ilusión Guajira es una finca diversificada y ejemplo de agroecología. Destaca por la cría de ganado menor y mayor, aplica un sistema de economía circular y elabora su propio pienso a partir de desechos de los otros procesos productivos.
“Estamos obteniendo una proteína ecológica. Los estiércoles abonan la tierra y favorecen el suelo”, explicó Maricé.




La familia es el corazón de la finca. Trabajan ella, su esposo, su mamá y su cuñado, además de dos vecinos de la comunidad. El proyecto traza como uno de sus objetivos crear hasta quince empleos para personas que se encuentren desvinculadas del trabajo.
Otro pilar fundamental es el rescate de las tradiciones. En un ranchón construido con materiales de la zona como la caña brava, guano y madera, han instalado un acogedor punto de venta. Allí no venden dulces importados. Ofrecen los sabores de antaño, los que ella aprendió de su abuela: dulces criollos endulzados con melado de caña.
Este ingrediente, el primer proceso de la azúcar sin químicos, les permite ofrecer productos de bajo costo y más accesibles. “Queremos crear un sabor y un deseo diferente”, afirma.



Para Maricé el camino recorrido ha significado muchísimo. Hoy ve a su familia completamente integrada al proyecto: su esposo es un “tremendo cocinero”, su hija, estudiante de arte y “una guajira innata” y su hijo, adora lidiar con los animales.
“Todos se meten en la cocina, todos se involucran”, asegura.


La “Ilusión guajira” ya es una marca registrada a nivel internacional, un centro de elaboración, una finca productiva y un hogar. Quienes visitan el lugar pueden constatarlo: verlo, degustarlo, sentirse parte de él.
Ilusión Guajira es la prueba de que, con sacrificio, y amor por la tierra, los sueños más audaces pueden cumplirse y dejar un dulce legado.
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