La guitarra, fiel compañera de trovadores o concertista, ha sido una de las tantas herencias que los colonizadores españoles nos legaran en ese proceso de toma y deja, en el cual se forjó nuestra nacionalidad.
Sin que pudiera determinarse el verdadero origen del instrumento, a pesar de evidenciarse su relación con los antecedentes árabes, desde su llegada a América se expandió por casi todo el continente, para transformarse de diversas maneras y asimilar sonoridades que pudieran satisfacer los intereses de los cultores populares que vieron en ella un medio adecuado para expresar sus melodías o tonadas.
Desde épocas tan tempranas como las últimas décadas del siglo XVI o principios del XVII, llegó a nuestras costas, acompañada de tiples, vihuelas y laúdes y fue precisamente el canto del campesino quien la acogió con más fuerza, sin desdeñar la ejecución en alguna velada citadina o la existencia de maestros que asumieron su enseñanza para aquellos que pudieran pagarla.
En los guateques y fiestas colectivas, se sumó al conjunto espontáneo, asumido a tales efectos para acompañar el punto, con las lógicas transformaciones técnicas y estéticas derivadas de una necesidad tímbrica y cultural en sentido general.
Aunque sus cualidades sonoras le ganaron preferencias, fue necesaria la transformación de su encordado o la inclusión de instrumentos con un registro más agudo, para seguir con un punteado característico las tonadas; así el laúd se nacionalizó acortando su brazo y el tres exhibió su semejanza con los progenitores europeos, sin ocultar rasgos cubanos.
Era común encontrársele además acompañando al hombre de campo en un íntimo y melancólico diálogo con su inspiración.

La guitarra también se convirtió en vehículo o medio apropiado para que el desarrollo de la cancionística encontrara su cauce, permeándose del sentimiento amoroso que inspiró a los trovadores; les acompañó a las serenatas u otro tipo de veladas, sin descartar su participación en las luchas independentistas desde el siglo XIX.
En ella, las notas de La Bayamesa o El mambí cobraron vida y se refugió en los brazos de aquellos que en la manigua alegraban los ratos de descanso como Pedro Ivonet, trovador que junto a Maceo viajó hacia el occidente del país como parte de la invasión, muriendo precisamente en tierras pinareñas.
La guitarra también fue objeto de inspiración para compositores desde tiempos inmemoriales, alabando su sonoridad o la fidelidad de su compañía. Sin apartarse de esta línea de repertorio, asimiló influencias del jazz y otros géneros foráneos propiciando la ejecución de acordes disonantes, arpegios y fraseos peculiares, similares a los empleados por los compositores impresionistas.
De ese modo, fue la compañera ideal de los “muchachos del feeling» en las décadas de los años 40 y 50, que tuvieron a Ángel Díaz, César Portillo de la Luz o José Antonio Méndez como sus principales representantes.
Cantar con feeling en Pinar del Río
Sin conocimientos académicos, los guitarristas populares se aventuraron a pulsar las cuerdas para formar melodías, o improvisaron acordes que se sucedían simultáneamente, para acompañar a sus voces u otros instrumentos. En ocasiones, llegó a suplantar a los percusivos, ofreciendo su cuerpo para la ejecución de golpes ligeros que mantuvieron el ritmo de sones o boleros tradicionales.
La guitarra no solo fue el medio sonoro preferido para interpretar canciones, también se prestó para la ejecución de sones y guarachas, ofreciendo sus cuerdas para lograr los más variados efectos o recursos tímbricos que en ocasiones enfatizaron el ritmo, a falta de otros instrumentos. Baste mencionar al Trío Matamoros, Ñico Saquito y otros cultores de estos géneros tan cubanos, quienes la convirtieron en íntima compañera de “descargas” o presentaciones diversas.
Desde las primeras décadas del siglo XX, la guitarra acompañó al tres en los sextetos y septetos, asumiendo la función armónica, con algunos pasajes improvisatorios, también pasó a formar parte de algunos conjuntos, aunque la sonoridad de los metales y el incremento de la percusión, redujeron sus posibilidades en la masa tímbrica de estas agrupaciones.
El ingenio del cubano se puso de manifiesto en las modificaciones que se le realizaron al instrumento, a falta de un tres, colocó sus cuerdas por pares para hacerla sonar semejante a aquel, también se valió de la cejilla para lograr sonidos más agudos; o transformó su afinación aportándole otras denominaciones como el “armónico” que acompañó a Compay Segundo en su ascenso a la fama; pero siempre su apariencia le delata como guitarra, no española sino cubana de pura cepa.

Para no quedar rezagada o ajena al desarrollo de las tecnologías, accedió al uso de la electricidad para amplificar el sonido producido por sus cuerdas, llegando a integrar un número considerable de formatos, que incluyeron en su repertorio baladas, canciones y hasta el jazz y el rock con auténticos aires de cubanía. De ese modo, pasó a formar parte de los combos, que se popularizaron en las décadas de los años 60 o 70 y de las jazz band que deleitaron al público con sones, boleros y mambos.
A pesar de todas sus transformaciones, la guitarra tradicional sigue sonando aquí y allá, rasgueando ritmos tradicionales o pulsando las melodías de canciones con diversos caracteres; alegrando a los solitarios o trasnochadores y ayudando a los creadores que se valen de sus cuerdas para materializar el sueño de las melodías surgidas en su mente.


