Sones y soneros de siempre

Los músicos pinareños no se mantuvieron al margen del surgimiento y evolución de un género que identifica a nuestra música, asevera la musicóloga Doris Céspedes en su comentario especializado.

Además de ser “lo más sublime para el alma divertir”, según palabras de Ignacio Piñeiro, el son es auténtica expresión de la música popular cubana y hasta de nuestro modo de actuar. Mezcla de negros y blancos; cueros, maracas y cuerdas contribuyeron al surgimiento de un género bailable por excelencia, cadencioso y picaresco sin renunciar a lo poético.

Desde finales del siglo XIX, tal vez antes, resultaba común en caseríos y poblados cubanos escuchar algún “conjunto”, tal vez algún músico solista o formando dúos en los cuales voces e instrumentos se dedicaban a la interpretación de melodías donde alternaba el estribillo con improvisaciones.

Sones con algunas variantes en cuanto al comportamiento del bajo, los acentos y la ejecución de los cordófonos fueron extendiéndose por todo el país y asimilando los cambios que aportaba cada región.

Principales exponentes del género

Al ser un género eminentemente popular, su historia ha contado con innumerables figuras que aportaron catálogos y modos de hacer a la evolución y consolidación del mismo. Pero, algunas personalidades y agrupaciones resultan emblemáticas, al marcar etapas o cambios significativos en su desarrollo, o por lograr pautas en su difusión internacional.

Desde las sonoridades del tres y el bongó montunero en las montañas del oriente cubano, dejó sentir sus improvisaciones el tresero Chito Latamblé para plasmar su impronta en el modelo posteriormente asumido por Miguel Matamoros, que se cuestionaba el “caminar de La Mujer de Antonio” o las picarescas guarachas de Ñico Saquito con una «María Cristina» impositiva o la advertencia a un supuesto gallo equivocado.

De ese modo el trovador sonero -que precisamente era del llano y no de la loma-, se ocupó de incorporarlo en las descargas de la trova santiaguera y llevarlo a La Habana para amenizar los bares y cantinas con sus voces y guitarras.

Fue entonces que un rumbero destacado se encargó de hacerlo “Suavecito” y “echarle su salcita” para definir el llamado modelo habanero con la presencia del tumbao en el tres desde los primeros compases de la introducción.

Sextetos, septetos y conjuntos hicieron las delicias de las academias y salones de baile de todo el país, pero sin dudas las aportaciones de Arsenio Rodríguez con la incorporación de tumbadoras y piano al conjunto marcaron época enfatizando en la necesidad de comprarle un “Guayo a Catalina” o pedirle “El reloj a Pastora”.

Así se fueron definiendo los sones trovadorescos y sus combinaciones con otros géneros como el bolero, al que le incorporó una sección de montuno, incorporándose además a la estructura del danzón con una parte extra a la que contribuyó José Urfé.

El modelo habanero de son, con inclusiones de elementos diversos, asimiló las influencias del changüí y el nengón; así como algunos modelos occidentales improvisatorios, al que aportaron sin dudas figuras como el Niño Rivera, Félix Chapotín o Miguelito Cuní; este último haciendo galas de su capacidad para versificar en los textos del montuno, durante su paso por el Conjunto de Arsenio Rodríguez o el Conjunto Chapotín.

Al valorar los aportes de Arsenio Rodríguez y su conjunto al desarrollo del son, hay que añadir su capacidad para complementar las potencialidades de Lili Martínez en el piano, con su dominio del tumbao changüisero con la particularidad de Chapotín al interpretar los solos en la trompeta y la inigualable voz de Cuní con su timbre muy adecuado para ejecutar sones en todas sus variantes.

No puede dejar de mencionarse, si de sones se trata, a la figura de Elio Revé, otro guantanamero que supo adecuar la herencia del son oriental, a los códigos occidentales de manera magistral, además de juntar en su agrupación con formato charanga a importantísimas figuras como Juan Formell, José Luis Cortés o Pupi Pedroso. Estos excelentes instrumentistas y compositores, marcarían nuevas etapas en la evolución del género, al constituirse en definidores de fusiones como el songo, o la timba posteriormente.

Deben destacarse también las creaciones de Benny Moré, que magistralmente supo mezclar el son con elementos rítmicos del mambo y otros ritmos, a partir de la sonoridad del formato jazz band y tratamientos armónicos relacionados con la música estadounidense.

Soneros de Pinar del Río

Los músicos pinareños no se mantuvieron al margen del surgimiento y evolución de un género que identifica a nuestra música; de ese modo el sanluiseño Virgilio González eternizó la Ola marina y recomendó la importancia del Rompesaraguey para homenajear a los santos, para ello mostró una evolución del simple montuno sin sección expositiva, a lo que llamó la inclusión de un bolero en la primera parte.

Andrés Echeverría, conocido como El niño Rivera popularizó su Jamaiquino desde la sonoridad del tres, aportando tratamientos armónicos derivados del jazz, a pesar de no poseer una formación académica que favoreciera los avanzados arreglos y su desempeño con diversos formatos.

No puede dejar de mencionarse al destacado pianista y compositor Armando Valdespí que se ocupó de pregonar su “Pirulí” en importantes escenarios del mundo, modificando la tradicional charanga que acostumbraba a tocar danzones, con la incorporación de una trompeta, que favoreciera la ejecución de los sones y sus diversas combinaciones.

Son muchos los autores e intérpretes del territorio más occidental de la Isla que hicieron del son un modo de expresión esencial, pero Polo Montañéz conquistó el corazón de todos los cubanos con piezas como Hay un runrún o Guajiro natural, que siguen en la preferencia de nuestro pueblo; destacando en su catálogo algunas variantes cercanas al sucu sucu por su tratamiento melódico rítmico, lo que genera interrogantes en cuanto a las influencias que pudieron haber conducido a esta síntesis.

Lo cierto es que a estas alturas, con más de cien años de historia, el son se mantiene en el gusto de jóvenes y ancianos, transformado o en su forma original, con denominaciones que se reconocen como “Salsa” o “Timba”, fusionados con el pop, el jazz y hasta el hip hop; imponiéndose en la discografía, los bailes y conciertos dentro y fuera de esta Isla que le vio nacer. De eso se encargan los medios de difusión y las grabaciones que nos permiten afirmar una vez más: el son sigue siendo “lo más sublime para el alma divertir”.

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Doris Céspedes Lobo
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