En la historia de la radiodifusión pinareña existen voces que se convierten en memoria colectiva, y detrás de ellas, mentes que dedican su vida a dar forma a cada palabra transmitida. Yemile Crespo Barrios, asesora, guionista y directora de programas en Radio Guamá, convierte la pasión por este medio en una vocación definitiva.

Con más de tres décadas de trabajo, su nombre se asocia a producciones que combinan sensibilidad y rigor, y que marcan generaciones de oyentes. Su camino no comenzó en un aula de comunicación, sino en la carrera de Historia del Arte, desde donde aprendió a mirar a la cultura con profundidad y a trasladar esa visión al universo sonoro.
Hoy, reconocida con el Premio Provincial de Radio, en el año del aniversario 95 de la emisora pinareña, su trayectoria invita a descubrir cómo se forja una vida entre micrófonos, guiones y emociones compartidas.
Su llegada al medio fue discreta, en 1989, cuando aún estudiaba Historia del Arte y dedicaba sus días al cine y a las artes plásticas. Durante las prácticas de segundo año descubrió el engranaje interno de la programación, entonces comprendió que aquel universo podía convertirse en su destino.
Tras graduarse en 1993, una plaza en Radio Guamá apareció como señal inequívoca. El primero de septiembre de ese año comenzó su camino en la emisora, y apenas un día después se vio en la responsabilidad de valorar la obra de artistas reconocidos. Con apenas experiencia laboral, enfrentó un reto que la obligó a crecer con rapidez. En ese proceso encontró apoyo en Carmen María Cardoso Morales. Ella no solo le enseñó el oficio, su respaldo trascendió lo laboral para convertirse en algo familiar.
El vínculo con la emisora se consolidó cuando escuchó su nombre en los créditos del programa Concierto, dedicado a la música clásica. Había diseñado el tema, seleccionado las piezas y revisado cada detalle técnico. Al concluir la emisión, la locutora Aurora Martínez pronunció su nombre, y esa mención fue suficiente para transformar el esfuerzo en orgullo. Desde entonces, la música clásica quedó ligada a su trayectoria, y Concierto se convirtió en un espacio que aún la acompaña.
Su formación en Historia del Arte, cuestionada por algunos al inicio, terminó siendo decisiva. Las clases de Música, Dramaturgia y Estética le proporcionaron herramientas, pero la carrera le enseñó a observar con detenimiento y trasladar esa mirada al oído.
Para ella, la creación sonora exige investigación rigurosa: conocer épocas, contextos y repercusiones sociales antes de escribir un guion. Considera el cuidado estético como principio fundamental, en el cual silencio, palabra, música y efectos deben integrarse con unidad y emoción. Esa disciplina, aprendida en el arte, se convirtió en su método para entender que hacer comunicación también es hacer cultura.
Con el paso de los años, los desafíos no estuvieron en la técnica ni en los recursos, sino en la percepción de sí misma. Aunque había dirigido espacios musicales y dramatizados, nunca se había acercado al género informativo. Reconocía la entrega y el rigor de sus colegas, pero no lo sentía propio.
Sin embargo, las opiniones externas comenzaron a pesar, como si su trayectoria estuviera incompleta. Fue cuando su esposo le recordó que ya había demostrado capacidad en un reportaje sobre el alcoholismo femenino, premiado en un festival nacional. Esa reflexión la impulsó a enfrentar el reto. Se entregó al aprendizaje, produjo programas informativos y recibió reconocimientos, aunque comprendió que la pasión seguía en otro lugar. La lección fue clara: no es necesario complacer a todos, lo importante es ser fiel a la vocación y respetar otros géneros sin abandonar el propio.
Entre los programas que han marcado su carrera, Concierto continúa en un lugar único. Desde sus primeros pasos como asesora hasta convertirse en guionista y directora, el espacio dedicado a ha sido parte inseparable de su vida profesional. Cada emisión la vive como si fuera la primera, con la misma pasión y responsabilidad.
Los premios obtenidos por el programa constituyen confirmaciones de un camino bien trazado, pero lo esencial está en el desafío cotidiano: acercar un repertorio considerado elitista a un público diverso. Su objetivo ha sido lograr que la música más exigente se sienta cercana, que una sinfonía del siglo XVIII pueda emocionar como si hubiera sido escrita ayer. En ese empeño ha demostrado que la profundidad no está reñida con la sencillez, y que la excelencia puede convivir con la claridad.
Ese equilibrio entre rigor y sensibilidad constituyen el sello de su trabajo. La investigación exhaustiva le brinda solidez, pero la verdadera conexión surge cuando consigue traducir el conocimiento en emoción. Para ella, la comunicación sonora no es un espacio para lucirse, sino un servicio al oyente. Por eso insiste en que cada guion debe combinar preparación y entrega, conocimiento y empatía. La clave está en encontrar la historia humana detrás de cada obra, en tender un puente entre el lenguaje académico y el corazón de quien escucha. Esa fórmula, cuando funciona, se convierte en una fuerza imbatible.
Para Yemile, la investigación y el cuidado estético no son simples herramientas, son la base de todo su trabajo. Considera que sin ellos no existe creación auténtica. La primera le permite llegar más allá de lo evidente, profundizar en los contextos y descubrir matices que enriquecen cada programa. La segunda, por su parte, es un compromiso ineludible: cada palabra, cada silencio, cada pieza musical debe ser seleccionada con precisión. Revisa sus guiones en voz alta, escucha el ritmo de las frases y corrige hasta lograr fluidez. Su convicción es clara: hacer radio bonita puede ser sencillo, pero hacer radio buena exige respeto por el oficio y conciencia de que cada emisión es única e irrepetible.
Ese respeto se refleja también en Gracias a la vida, espacio dedicado al adulto mayor que cumple una década en el aire. Para ella, este programa es más que una propuesta radial: es un puente hacia quienes han dado mucho y reciben poco.
Una experiencia con una oyente mayor le confirmó el poder de la comunicación como compañía. Aquella mujer, marcada por la soledad y la enfermedad, encontraba en el programa un motivo para sentirse visible. La relación trascendió el espacio radiofónico y se convirtió en amistad. Las llamadas de los domingos, las conversaciones sobre los temas del programa y la búsqueda conjunta de respuestas fueron prueba de que la voz transmitida puede ser un abrazo cuando nadie más abraza. Esa vivencia le enseñó que la comunicación no termina al apagar el micrófono, sino que continúa en la vida de quienes escuchan.
El reconocimiento más reciente llegó con el Premio Provincial de Radio, recibido en el año del aniversario 95 de la radiodifusión pinareña. La noticia la dejó sin palabras, porque no era solo un galardón, sino la confirmación de una trayectoria.
Para ella fue como un abrazo de la propia emisora, un mensaje de que el camino recorrido ha valido la pena. Haberlo recibido en una fecha tan significativa le dio un sentido especial: lo interpretó como herencia y responsabilidad al mismo tiempo. Refirió que el premio pertenece también a sus compañeros y a los oyentes que la han acompañan. No lo ve como un cierre, sino como un punto de continuidad, una invitación a seguir construyendo historia.
Desde el inicio, Yemile Crespo no ha visto la comunicación sonora como entretenimiento, sino como herramienta de transformación. Cada programa es una oportunidad de educación, aunque no sea formal. Concierto ha demostrado que la música clásica puede ser accesible, y Gracias a la vida ha confirmado que la voz transmitida puede ser compañía y representación para quienes se sienten invisibles.
Luego de más de tres décadas de trabajo, está convencida de que el verdadero premio es el legado que se deja. A las nuevas generaciones de radialistas les transmite un mensaje claro: no aceptar límites impuestos, ni externos ni internos. La comunicación exige estudio, investigación y preparación, pero también valentía para proponer ideas nuevas y explorar caminos distintos. Les recuerda que el aprendizaje nunca termina, que cada día ofrece lecciones y que el disfrute es esencial. Sin pasión, el oficio pierde sentido. Sobre todo, insiste en que el oyente es el centro de todo.
No es un número ni una estadística, es un ser humano que abre la puerta de su casa y confía en la voz que escucha. Ese privilegio, afirma, debe honrarse siempre.
Cuando se le pide definir este medio en una sola palabra, no duda: compañía. Esa es, para ella, la esencia más profunda de la comunicación sonora. Acompaña en la rutina diaria, en el transporte, en la soledad de la noche, en la alegría y en la tristeza.
No exige nada, solo estar encendida. Es la presencia constante que escucha sin juzgar, que habla cuando se necesita y que permanece cuando todo cambia. La información, la música y los formatos evolucionan, pero la compañía se mantiene, esa capacidad de estar al lado del oyente, de tejer un vínculo invisible.
(Tomado de Periódico Guerrillero)


