
La música cubana, ha sido y es un caudal de creación, por la gran diversidad de géneros y figuras que han contribuido a su desarrollo a través de la historia; en ese trayecto, la mujer, ha desempeñado un extraordinario papel, no solamente como motivo de inspiración de canciones o sones; sino también como protagonistas en el campo de la composición e interpretación.
Las mujeres en la música cubana han tenido una presencia, cuya relevancia resultaría difícil de ignorar. Su destaque y participación activa se produjo inicialmente, dentro de una circunstancia nacional de desigualdad social y hasta institucional, que abarcó los tiempos de la colonia y el período republicano, y que hicieron sus conquistas aún más meritorias, al punto de que sería imposible hablar de la música cubana y sus procesos sin mencionarlas.
En la música popular cubana, las féminas no solo enmarcaron su accionar en el contexto de la cancionística o en formaciones de pequeño formato, principalmente de carácter familiar, que tuvieron una importante presencia en la trova y otras expresiones urbanas. También los ritmos bailables contaron con su presencia, fundamentalmente a partir de la repercusión del son, que parecía cosa de hombres, pero fue asumido con todas sus implicaciones desde el punto de vista técnico y socio musical, por agrupaciones integradas parcial o totalmente por mujeres.
A pesar de la discriminación a la que fueron sometidas, desde las primeras décadas del siglo XX, se les pudo encontrar en formaciones como sextetos o septetos y en orquestas de mayores dimensiones como las jazz band, ejecutando principalmente el piano o como vocalistas.
Además incursionaron en géneros como el danzonete, con la destacada figura de Paulina Álvarez o en la rumba, en la que Celeste Mendoza tuvo el mérito de llevarla a los exclusivos escenarios de los más afamados cabarets y a los sets de televisión, donde su estilo interpretativo bastaría para que figurara entre las notables dentro de la música nacional.
Los cambios sociales producidos a partir de 1959 y el desarrollo del sistema de enseñanza artística estimularon la participación de las mujeres en la música desde diversos puntos de vista, se amplió su incorporación a la enseñanza en instrumentos difíciles de ejecutar y se incrementaron los aportes metodológicos con una base científica, fundamentada en una integral formación, no solo en la técnica y el repertorio.
Las últimas décadas del siglo XX abrieron una nueva perspectiva para su desempeño en la música, a partir de la exploración de nuevas líneas de instrumentos como la percusión afrocubana y la dirección de proyectos artísticos bailables que se mueven desde la salsa o la timba hasta las expresiones más apegadas al quehacer folklórico, sin excluir a la canción en todas sus formas.

Orquesta Anacaona
Cuando se hace referencia a la presencia de la mujer en agrupaciones populares se impone la mención de la Orquesta Anacaona, fundamentalmente por la valentía de asumir el hecho artístico cultural de formar un colectivo femenino, que lograra colocarse en el mercado de la manifestación a nivel mundial, con un repertorio principalmente bailable; en una sociedad que reservaba para las mujeres funciones puramente hogareñas.
De una agrupación familiar, el colectivo integrado por las hermanas Castro, paso a colocarse entre las formaciones más solicitadas del universo musical habanero; no solamente por el repertorio diverso y actualizado; sino por su desempeño escénico y la gracia que imponían en cada una de sus presentaciones dentro y fuera de la Isla,
La actualización del formato se impuso, en correspondencia con las necesidades tímbricas, los espacios de actuación y las posibilidades reales de sus integrantes. De ese modo, el septeto original, que respondía a la moda imperante, iniciada por el Habanero o el Nacional, pasó a incorporar otros instrumentos que le convirtieron en orquesta charanga, para evolucionar, en poco tiempo, a una jazz band, con mayores posibilidades y recursos que favorecieran el abordaje de otras líneas de repertorio e incursionar en el acompañamiento a figuras importantes del mundo musical.
Las disqueras no se mantuvieron ajenas al fenómeno comercial que representaba una agrupación femenina, con una sonoridad fuerte y un desempeño atractivo, de manera que algunas de sus creaciones quedaron registradas para la posteridad; no solo en las emisoras radiales que se hicieron eco y partícipe de su popularidad; sino en algunos soportes fonográficos de la época. Su popularidad en el continente fue tal, que las llevó a explorar las pantallas cinematográficas con una participación en diversos filmes mexicanos

La renovación de sus integrantes en la década de los años ochenta, al asumir la dirección Doña Alicia Castro, se vio fortalecida con la incorporación de Georgia y Dora Aguirre, otras dos hermanas que se encargaron de sostener el legado, sin que se produjeran rupturas notables en la popularidad, pero con la renovación del repertorio en cuanto a diversidad genérica y actualización de las orquestaciones, aspecto directamente relacionado con la formación musical de las nuevas integrantes, egresadas del Sistema de Enseñanza Artística.
La posibilidad de formarse en el ejercicio profesional, junto a la primera generación de integrantes de la Orquesta, le permitió a Georgia familiarizarse con los códigos del trabajo en la música popular y con el estilo interpretativo de la agrupación, que contaba con un con un amplio reconocimiento nacional e internacional.
La preservación de la orquesta por más de cuatro décadas con las integrantes originales, no solo garantizó la conservación de su sello sonoro, a pesar de los cambios en su formato; al punto de ser declaradas Patrimonio cultural de Cuba; sino el prestigio de sostener un trabajo con base en la música popular y tradicional cubana, en un contexto diferente, debido al incremento de agrupaciones de su tipo, que ya se avizoraba.
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