
En lo alto de la colina de la Sabika, en Granada, se levanta un palacio que parece salido de un sueño: La Alhambra. Este conjunto arquitectónico, iniciado en el siglo trece por la dinastía nazarí, es mucho más que un palacio, es una ciudadela que reúne murallas, torres, patios, palacios y jardines, todo envuelto en una atmósfera de poesía y misterio.
Su nombre proviene del árabe al-Ḥamra, que significa “la roja”, por el tono de sus muros. En su interior, los palacios nazaríes despliegan una decoración que parece hecha de encajes: arcos calados, inscripciones coránicas y geometrías infinitas que reflejan la espiritualidad islámica. El famoso Patio de los leones, con su fuente sostenida por doce esculturas, es quizá el rincón más icónico, símbolo de equilibrio y belleza.
Pero la Alhambra no es solo arte islámico. Tras la conquista cristiana en 1492, los Reyes Católicos y luego Carlos V añadieron nuevas construcciones, como el Palacio de Carlos V, de estilo renacentista, que convive con la delicadeza nazarí en un diálogo de culturas.


La Alhambra fue también inspiración literaria. El escritor estadounidense Washington Irving, en sus Cuentos de la Alhambra, novela escrita en 1832, la convirtió en mito romántico, difundiendo su magia por todo el mundo. Hoy, millones de visitantes recorren sus salas y jardines, descubriendo que cada rincón guarda una historia, un poema o una leyenda.

Más que un monumento, La Alhambra es un símbolo de convivencia cultural, un lugar donde Oriente y Occidente se encuentran, donde la piedra se convierte en poesía y donde el tiempo parece detenerse. En 1984 fue declarada Patrimonio de la Humanidad.
La Alhambra no es solo piedra y caligrafía, es un poema escrito en arquitectura. Sus muros rojos y sus arcos delicados nos recuerdan que la belleza puede ser puente entre culturas; que el arte es capaz de unir lo que la historia separa.
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