Seguir la historia: Entrevista con Marta Fuego (I)

Hace ahora 67 años, terminaron para ella los azarosos tiempos de la lucha clandestina contra la tiranía de Fulgencio Batista.

Imagen tomada de Internet

Era la madrugada del primero de enero de 1959. La combatiente clandestina Marta Luisa Fuego Rodríguez sintió toques muy fuertes en la puerta de su casa, en el reparto La Flora, de la ciudad de Pinar del Río. Lo primero que pensó fue que había llegado la policía.  Preguntó quién tocaba. De inmediato le contestó en voz alta la vecina y enfermera Rosalía: “Vamos para la calle, que se cayó Batista” (1)

Desde aquel momento, hace ahora 67 años, terminaron para Marta los azarosos tiempos de la lucha clandestina contra la tiranía de Fulgencio Batista, que combatió muy jovencita, como miembro del Movimiento Revolucionario 26 de Julio.

Durante más de 10 años estuve tratando de convencerla de que me hablara del rol que jugó en los preparativos de la expedición de El Corojo y después de la llegada de esta a las costas de Pinar del Río. Pero, cada intento que hacía chocaba con el muro infranqueable de su discreción.

Marta Luisa Fuego, combatiente de la lucha clandestina en Cuba. Foto del autor.

No dejé de insistir, consciente del valor de este testimonio para las actuales y futuras generaciones de pinareños. Finalmente, entre abril y mayo de 2025, logré hacer esta entrevista, que a partir de hoy publicaré por partes, en homenaje a los que hicieron posible el triunfo de la Revolución Cubana.

¿De dónde eres natural?

Vivíamos en el campo, en El Corojo, municipio de San Luis. En 1952 nos mudamos para la calle Sol, en la ciudad de Pinar del Río. Mi padre era cosechero de tabaco, teníamos una buena situación económica. Le compraron la cosecha del año con una letra de cambio (2) a 30 días y cuando fue a cobrarla al banco, no tenía fondo, fue una estafa. Hizo la denuncia a las autoridades y a partir de entonces empezó a dar carreras para recuperar el tabaco, que se lo habían llevado para la provincia de Oriente. También hizo gestiones con abogados, con vistas a la reclamación y a un juicio que debía efectuarse.

En uno de los viajes, el 11 de noviembre de 1953, chocó el automóvil en que venía de La Habana, de madrugada, en la carretera Central, cerca del entronque de Los Palacios y murió mi padre. Mi mamá, que estaba muy enamorada de él, casi perdió la razón y yo me tuve que hacer cargo de ella, de mis tres hermanos menores y de hacerle frente a las responsabilidades de la casa.

¿Estudiabas?

Yo estudiaba por las tardes en la Escuela Normal para Maestros y en la Escuela profesional de Comercio por las noches.

¿Cuánto tiempo residieron en la calle Sol?

Poco tiempo. En 1954 nos mudamos para el reparto Oriente y dos años después para la calle Indalecio Sobrado, en el barrio de La Flora.

¿Cuándo empiezas a trabajar?

En 1955, en las oficinas de Armado Aguilar Bencomo” (3), que estaban en los bajos del Hotel Globo, donde yo trabajaba desde las 7 de la mañana hasta las 12 del día, y que quedaban a 5 o 6 cuadras de mi casa. Yo venía corriendo para cambiarme de ropa, y ya mi mamá me estaba esperando con el uniforme de la “Normal” y un vaso de café con leche, porque no tenía tiempo para almorzar, para poder estar a la 1 pm en las clases se la sesión de la tarde.  La “Normal” estaba en la Alameda, un poco lejos de mi casa, pero podía ir caminando. 

Cuando terminaban las clases regresaba nuevamente corriendo para mi casa para comer y ponerme el uniforme de la escuela de Comercio, donde estudiaba en el horario de la noche, de 8 a 11 pm. Yo ingresé en la Normal en 1952 con una dispensa (4) ya que no tenía la edad exigida de 16 años. En 1953, también con una dispensa, me autorizaron el ingreso en la escuela de Comercio.

Aún con toda aquella carga familiar y con 15 años de edad, participabas en la lucha estudiantil contra Batista. ¿En qué momento y cómo es que te vinculas al Movimiento 26 de Julio?

Fue en el año 1956. Por la acera de mi casa, en Indalecio Sobrado, pasaban todos los mediodías caminando y conversando dos jóvenes que después supe que se llamaban Pancho González y Luisín Fernández Rueda (5), éste era de Consolación del Sur, hermano de una compañera maestra, con la que tuve posteriormente contactos durante la clandestinidad.

Pasaban frente a la casa poco después de las 12 del día cuando yo venía de trabajar en las oficinas de Armando Aguilar, porque iban a ver a un vecino, Isidro Dorta (6), que vivía cerca de nuestra casa y mi mamá les puso el apodo de “las tripas tristes” al verlos caminar por allí a aquella hora en que debían estar almorzando.

Un día cuando los vi les dije que entraran a tomar café. Se sentaron en la sala y los días siguientes los volví a invitar y ellos nuevamente entraban y se sentaban a tomar café.  Cuando yo venía de la cocina con las dos tazas, apurada porque tenía que irme, ellos se callaban. Hasta que un día no pude más y les pregunté: “¿Por qué ustedes se callan cuando me ven? ¿Están hablando de mí? ¿Hay algo aquí que está mal o que no les gusta?”

¿Qué te contestaron?

Ahora no me acuerdo que dijo uno o que dijo el otro, pero en esencia me contestaron lo siguiente:  “Estamos hablando de cosas que no deben oír las   mujeres, porque son cosas en las que las mujeres no tienen mucho que hacer. Tú sabes la situación que hay en el país. Estamos organizando las filas de un movimiento para luchar contra eso, pero eso es para los hombres, no para las mujeres”. 

Yo les respondí: “¿Y por qué? Si yo me estoy muriendo un poquito todos los días no me importa morirme de una sola vez. ¿Qué es lo que hay que hacer? No importa que yo sea una mujer”.

¿Ante esas palabras cual fue la respuesta?

Me dijeron que no. Pero yo les insistí: “¿Cómo me van a decir a mí eso, ustedes no ven como yo vivo siempre corriendo para hacer las cosas y ayudar a mi familia, para poder trabajar cuando me gradúe de maestra y más adelante también de contadora y poder mantener mi casa, mi familia y mis hermanos? Como ustedes ven, mi mamá no está muy bien del cerebro. Entonces ¿qué me importa si me muero de una vez luchando por algo?  Y seguidamente les dije anótenme ahí en las filas. Me respondieron “esto no es de anotar, esto es de hacer”. “Pues díganme que tengo qué hacer”. Y así fue que ingresé al Movimiento 26 de Julio”.

Continuará…

Notas:

1. ABREU MUJICA, Pedro, Seguir la historia: 64 aniversario del Frente de Pinar del Río: ¿Cómo se enteraron los pinareños de la huida de Batista? www.radiominas.cu enero de 2023. Internet. Visto 24 de diciembre de 2025.

2. Una orden escrita de una persona natural o jurídica (deudor) solicitándole al banco el pago de una específica de dinero a favor de un tercero (en este caso acreedor) en una fecha determinada.

3. Armando Aguilar Bencomo, rico comerciante, industrial y terrateniente, tenía uno de sus negocios, “Tractores S.A”, en los bajos del hotel “Globo”, también de su propiedad.

4. Excepción autorizada por los funcionarios facultados legalmente.

5. Francisco (Pancho) González Álvarez, vivía en el reparto Oriente. Fue líder estudiantil, uno de los fundadores y principal organizador del Movimiento 26 de Julio en la provincia de Pinar del Río, sucesivamente ocupó los cargos de responsable del frente estudiantil, coordinador provincial, jefe de acción provincial y jefe de la expedición de El Corojo. Luis (Luisín) Fernández Rueda, otro de los fundadores del 26, fue jefe municipal y provincial de la sección de finanzas municipal.

6. Uno de los miembros fundadores del Movimiento 26 de Julio, procedía de la Juventud Ortodoxa. Trabajaba en un bar propiedad de su familia en la calle Maceo esquina a Colon.

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